Antes

Y antes de que este día terminé, antes de que todo colapse en las interpretaciones de una mente distraída y cansada del cotidiano. Espero hacer de este momento un clamo al vacío, de esos que invocan el silencio, pero golpean hasta las entrañas, esos que transitan en las inmensidades de una historia constante, de una vida de aplomo, de pretensiones de una inconmensurable bravía.

Después, hacer de ese instante una breve despedida, un desprendimiento de lo que nunca advirtió las inmensidades de la mancha. Hacer de esta inusitada melodía, la bienvenida a todo aquello que quiera ser y sentir, más nunca permanecer y atar.

Y antes de que se desvanezca esa idea, antes de que copase las interpretaciones de una mente distraída, y cansada del cotidiano… se clamará el vacío y se invocará el silencio…

antes de que el día termine.

Nostalgia asuncena

Nunca supe si el mar llora cuando la luna se muestra imponente en cada ocaso. Solo creí en tus palabras seguras cuando me dijiste que no había ojos glaucos que opacaran la belleza de mi alma.

Creíste en mí, el tiempo en el que tu corazón latía, lo supe cuando agradeciste mi existencia. Qué dichosa fui al no temer corresponderte, pues ahora que no estás es lo único que me queda.

Soltar… nos

Te diría adiós, una vez más, pero una despedida no basta cuando el corazón no tiene deseos de soltar.

Te pediría que reconocieras que también estás aquí, aun sin quererlo, pero tu ego no te permite aceptar que por más que quieras irte, tampoco has podido soltar.

Ven a leer conmigo mientras vacilo con tus ondas, con esas certezas que caen por tu frente, como onduladas razones para seguir existiendo; mientras viajas por el aroma de mi cuello, recordando el sitio que siempre anhelamos.

Ven esta tarde y quédate una vida, ya que hemos intentado darnos una vida, y siempre volvemos más tarde.

Porque nos queremos, quizá esa es la razón de nuestra congoja. Aunque no queramos querernos, sin quererlo nos queremos, o nos queremos más de lo que queremos soltar.

Volcán

Tú, que eres noche y también tormenta; misterio, enigma y un montón de preguntas.

Aire de montaña que en libertad se encuentra, se funde y se revela. Aquel que llora frente a la majestuosidad de los cielos. El que hace de la urbe un lugar para rodar…

Yo, que nada soy de ti. Asombro, distancia y un par de encuentros.

Composiciones que se comparten, se viven y después se olvidan. Letras que intentan, en la melancolía sincera, renacer y apagar, el ocaso de todos tus viajes.

Tú, que eres tan del viento y el mar…

Yo, que soy tan de la tierra y el fuego.

Tú, que eres un ir y venir. Yo, que soy poeta y también volcán.

Fotografía de JCSM.

Péndulo

Le conocí al tiempo del optimismo, ese que pensé que ya había perdido. No el optimismo del amor, mucho menos de la aventura, sino aquél en el que solo reposa la idea de conocer y abrazar la diversidad del intelecto, del pensamiento y también de la creencia.

No sé si suceda a menudo, no conozco las dinámicas que no me son propias, pero he detectado que, cuando decido dejar de lado el estigma del «deber ser», suceden cosas que suelo agradecer a la postre.

El viernes dieciocho de noviembre fue una de esas veces, invoqué una extraña situación que no planeé o intenté procurar con antelación.

Encontrándome perdida en las dimensiones de la recreación, la pereza y la indecisión, mi optimismo se ocultó en el gran escenario de la Condesa, cerca de la Roma Norte, cerca del corazón de la gran metrópoli, de esta, nuestra tierra lastimada.

Entonces mi bravía se vio presente, decidí sin precedente, enviar esa misiva. ¿Quién fui yo para negarme el atrevimiento? ¿Quién sería yo al restringirme esa libertad? «Disculpa este mensaje tan inusual pero…» Y así comenzó lo que fue después de mucho tiempo, la más inusitada de todas las decisiones.

Me sorprendió su reacción, pero quizá él estaba más sorprendido por mi mensaje. Al cabo de vaciles que se limitaron a la recomendación gastronómica; la consulta por un recinto cultural, se tornó en la invitación a nuestro primer encuentro.

No sé si agradecer o temer a las casualidades, no estoy segura de cómo etiquetar a las decisiones. Quizá eso que el romanticismo llama destino, sea simplemente una circunstancial despedida, ¿a qué? a la enajenación, a la idea del dolor, al sometimiento. A las ataduras endémicas de antiguas pasiones y lamentos constantes. A esa longeva creencia de poseer sin siquiera tenerse a uno mismo.

La propuesta arribó, el encuentro sería al día siguiente, e imperando la calma, continúe con las previsiones de la visita. En esta ocasión no dejé que la emoción derribara mis nuevas y cada vez más fuertes barreras. Aquellas que en un sentido de fortaleza, construí después de la ruptura. ¿Cuál? aquella que todos los seres sufrimos cada vez que una decisión ajena impacta con ideales propios. Aquella disidencia que se vive por lo menos una vez en la vida, y que por más que venga a mostrarnos un mundo impuesto y avasallador, termina por golpear nuevos fragmentos de nuestras certezas.

«Demoro quince minutos, espero puedas disculparme». Ni asombro ni estupor, una aprende a dominar la naturaleza de la emoción y las sensaciones que desata el pecho. Hay sentimientos como la calma, que más que una afección, es un estandarte de vida.

El ritual de la transformación, que no transforma, solo maquilla; me encontró optimista, dispuesta y segura. Tras arribar al lugar acordado, temblaron en mí, nuevas expectativas. Les dije «¡Quietas!» y me miraron asombradas. ¿De qué? de la nueva yo, o de la vieja idea de mí, de dominar mis sentidos, antes de que ellos me demoren la prudencia.

Me despedí de mi acompañante tras recibir un «He llegado». Agradezco que mi hermana, sabe más que yo de estas andanzas, y confiando en la complicidad de su compañía, le dije «hasta luego» también al dolor que le invadía.

¿Sabes Judith, qué es la inexperiencia? Quizá no lo recuerdes bien, pero alguna vez fuimos endebles. Nos invadían las expectativas, y soñábamos despiertas. Un minuto se volvía la eternidad que dibujamos en la primera infancia. Parecía el final de la existencia, escenarios que al unísono visitaban el imaginario, en segundos le dijiste adiós a aquella chiquilla que fantaseó un jardín de canciones. Tal vez no lo percibes con claridad pero, ahora abrazas lo mundano del encuentro. Y así fue como el «mucho gusto» manifestó un nuevo capítulo en esta, tu existencia.

El castillo se tornó en una sonrisa espontánea y la cruz en unos ojos sinceros, lo que se auguraba duraría no más de unas cuántas carcajadas, se tornó en la idea de una eterna despedida.

Si no hubiera sido por el compromiso y la hermandad, el encuentro se hubiese prolongado en diez momentos. Nueve agradeciendo mis decisiones y uno más implorando no te fueras, con la mirada.

Sobre el desamor y otros males. Sobre el origen y las profesiones. Las letras, la mancha y la política. Nos faltaron días para redimir nuestras pasiones. En una tormenta de considerables emociones, se nos fueron las horas, y con ellas dos cervezas y quince canciones.

Tan no quisimos despedirnos, que hicimos de esa tarde, la bienvenida del diecinueve. Tras unas horas de tu reposo, al calor de otras amistades, de la música y el gran desinhibidor, nos encontramos en el baile y unas cuantas condiciones. Y a la pregunta de todas las primeras veces, negué lo que era inminente que sucedería.

«Una y mil veces, ¿Has dominado alguna vez un impulso genuino?

Una y otra vez, ¿has sentido lo que es una conexión que no se disipa?

Una y mil ves, ¿quieres nunca parar?

Una y otra vez, déjame vivirte una vez más».

Yo no quiero que a lo Sabina algún día «mueras por mí», tampoco quiero que la enfermedad te recuerde que un día me conociste. Que el contagio fue inminente, y la razón absurda. Que no hubo una segunda vez, pues el padecimiento de lo ajeno fue irremediable. Que tuvimos que despedirnos, sin esperar que no habría otro abrazo.

Yo lo que quiero, desde un profundo deseo, es que nunca olvides aquél encuentro. Por eso, como de costumbre, hoy le escribí al infortunio de decirte «hasta…» no sé.

Que la distancia nos pille ciertos, que los kilómetros demarquen más que un suplicio, el privilegio de volvernos a buscar.

Al calor de la madrugada y el padecimiento, le escribí a la emoción de tu lectura, a la recopilación de la memoria, o quizá fue al morbo de la sensación que se cobijará con la vejez. O fue simplemente para capturar nuestro encuentro, ese que quizá no vuelva a suceder, pero espero que de verdad te signifiquen hoy estas líneas, lo que mañana quizá tengas que soltar.

Ya lo recordé, en dos mil diecinueve vi tu foto, te seguí con un click, confirmando el poder de la mirada. Ya lo recordé, pasaron tres años más, para recordarte con otro click, que aún el interés existía. Este último nos llevó al Péndulo, espero que un tercer click… a otro lugar.

Marai

Tú sabes que nos pertenecemos

Tú sabes cuánto nos pertenecimos

Nunca serás tan de nadie como fuiste mío

Nunca seré de alguien cómo quise ser contigo

Y por sabernos nuestros, reconocimos que no somos ni propios

Por eso, sin ningún posesivo, hoy no estás conmigo, como ya no soy contigo.

Sala de mi hermano, Pacheco. Santa Fe, 2022.

Histéricos y punto final

«¿Dónde dormirá esta noche?» coreábamos cientos de desconocidos, almas que cohabitan y no conocen entre sí, más allá que al español del sombrero peculiar y alma colchonera.

Llegar hasta ese punto fue una decisión sin sabotaje y con mucha conciencia, pues desde el abatimiento, me cobijé en la bravía construida desde el tiempo en que se conoció la desventura; a nuestro paso suceden extraños movimientos, que tú no puedes ver, así que, sin evitar lo inevitable, tomé valor de la mano de un trago, y abrazando la idea del despojo y la verdad, me avivé a encarar la imagen que marcaría el final de mis flagelos.

Algo me decía que al encontrarme con Lady Madrid, también descubriría un montón de luces encendidas, y que en compañía de ellas encararía el parnaso de su amor, reconociendo que hay promesas que no solo se incumplen, sino que se destruyen y restriegan en la realidad de los sentidos.

La espera nos encontró exhaustos y pensantes, no sé si buscabas cautela o estabas expectante de quién presenciaría tu pasión, pero cada que interpelabas al orden, intentaba evadir esos ojos color desierto que me aniquilaron de mil maneras, que me despojaron de mí.

Me despedí infinidad de veces, y nunca me fui de ti. Me alejé pero nunca, nunca te llegué a olvidar... la la la la la la, lloraba en mis certezas, la la la la la la, coreaba mientras me sostenía, la la la la la la, interminable oleada de adiós… Aquél espacio fue nuestro en mi laberinto mental, hoy ya no apoyaré mi cuerpo encima, ya sé dónde dormirá las noches venideras.

Fue así como, al unísono de su abrazo, despedí junto con Godzilla, aquella ínfima idea de lo que algún día llamamos «amor». Esa noche de octubre no solo temblaron los miedos, sino también las ganas de salir huyendo de la realidad, pero aún en el duelo, se abrazó la sequía, como aquello que nos obsequia el destino como prueba final.

Hay espasmos indescriptibles, sensaciones abruptas en el pecho que no se disipan ni con el llanto, y tú bien sabías que yo no iba a aguantar. Te fuiste hace tiempo, pero no quisiste soltarme, me dejaste pero no quisiste que yo me fuera, hoy te suplico por favor, me dejes huir de aquí, haz el esfuerzo, déjalo fluir, déjame con ello.

Te conocí entre las cuerdas de Leiva, soñé con corear su música contigo, en un concierto, esa noche lo hice despidiéndome de ti, una vez más, con la estrella de los dejados.

No era la primera vez que me postraba al borde del precipicio, pero esta vez estuve parada, sí, detrás del punto final.

A la inversa

En ocasiones, la vida pesa, duele. A ratos la fatiga es tal, que se siente como un cansancio que se aferra a nosotras, a pesar de los motivos por los que llegamos a ella.

Te percibo bajo la mirada con la que tú sueles observarme, cuando siento que la existencia me consume en las inconmensurables formas del abismo. En ocasiones pareciera que se invierten los roles, y quizá eso se deba a que cuando estás cansada, estoy para ti… y a la inversa.

Invencible como las animaciones con las que crecimos, romantizando las vicisitudes de la realidad. Triunfante como aquella idea en la que la concepción del éxito se mide en el resultado y no en el trayecto; intentando ser lo que tú eres conmigo, espero que sientas que estoy contigo, sobre todo cuando más necesitas cobijo.

Porque si en esta vida no existiera la reciprocidad del consejo, incluso de las palabras, seríamos quizá más desdichadas de lo que hoy somos. Pero quiero que entiendas que entre tanto despojo, el camino advierte siempre las más leales compañías.

En este mundo de ovaciones, de halagos y arrebatos. Advierte que el cariño y la admiración siempre es directa y contraria. Viene de ti y va para ti, como todo vaivén imperfecto.

Porque sé cuánto me quieres y apoyas, ahora quiero que tú lo sientas, que percibas que así como sabes que estás siempre conmigo, puedas entender eso… a la inversa.

Con cariño para Jules, mi soporte en tantos caminos.

Uncle of the Americas

I never understood the enigma of the meeting. Souls coincide, recognize or repel each other in moments that define the path of existence.

Invoking the absurd, hundreds of dreamy spirits were drawn toward a cause, off the beaten path, away from home and from everyday life. In the distant lands of opportunity, we came across your existence, your lens and your shelter. We went without thinking, a coincidence with a great purpose, we went without granting it, a great family.

“Favored by mystery,” hidden behind a photographic flash, you captured one after another, the experiences of an expectant and candid youth, of a youth that, amidst its genuine agony, embraced you like the Uncle of the Americas.

If each of the members of this American family wrote the memoirs that were inspired by your presence, words, expressions or moments would not be enough to capture the encounters that generated your company.

I never understood the enigma of the unexpected. Souls who treasure, confused and unprepared, lose in a moment the most precious thing in life. And with your departure, we were taken away from the placid and beautiful existence of your being.

The Asuncion of your veins cries, your family keeps you and loves you forever. A community that works and dreams for human rights, will suffer the emptiness of your farewell. Your friends feel the absence of your company, your advice and your beautiful way of facing life.

We only have the satisfaction of the meeting, the joy of the hug, the consolation of sharing. From Santa Cruz, to Maine, from Tenamaxtlán, to Virginia. Uncle of a fractured and wounded America, now united by hundreds of captured moments; today your unexpected departure is suffered, in a sorrow that tortures.

Mario Aníbal, the Paraguayan boy who dreamed of the world, the man who is now remembered by the orb. Adriana’s sun, Dominique’s moon. Eternal companion of Mary… the Uncle of the Americas. The lens was your decision, everything that the captured images tell, part of your legacy. Your friendship, an eternal memory.

Now you are the wind, until we meet again… my dear Uncle Mario.

With all my love for you Aunt Mary, Adri, Domi and all the cousins of the Americas.

Mario Aníbal López Garelli.
Asunción, Paraguay, 1968.

Poem translated by: Michelle Farrell Lewis.

Tío de las Américas

Nunca comprendí el enigma del encuentro. Las almas coinciden, se reconocen o se repelen en instantes que definen el trayecto de la existencia.

Invocando al absurdo, cientos de espíritus soñadores acudimos a una causa, fuera de ruta, de casa y de lo cotidiano. En las lejanas tierras de la oportunidad, nos topamos con tu existencia, tu lente y tu cobijo. Fuimos sin pensarlo, una casualidad con un gran propósito, fuimos sin concederlo, una gran familia.

Favorecido por el misterio, oculto tras un flash fotográfico, capturaste una tras otra, las vivencias de una mocedad expectante y cándida, de una juventud que entre su genuina agonía, te abrazó como el Tío de las Américas.

Si cada cual de los integrantes de esta familia americana, escribiese las memorias que erigieron a tu lado, no bastarían las palabras, las expresiones ni los momentos, para desafiar los encuentros que generaron tu compañía.

Nunca comprendí el enigma de lo inesperado. Las almas que atesoran, confundidas y desprevenidas, pierden por instantes lo más preciado de la vida. Y con tu partida, se nos arrebató la plácida y hermosa existencia de tu ser.

La Asunción de tus venas llora, tu familia te guarda y ama por siempre. Una comunidad que trabaja y sueña por los derechos humanos, padecerá el vacío de tu adiós. Tus amigos palpamos la ausencia de tu compañía, de tu consejo y tu hermosa forma de encarar la vida.

Solo nos resta la satisfacción del coincidir, la alegría del abrazo, el consuelo del compartir. Desde Santa Cruz, hasta Maine, desde Tenamaxtlán, hasta Virginia. Tío de una América fracturada y herida, unida ahora por cientos de capturas; hoy se padece tu inesperada partida, en un pesar que tortura.

Mario Aníbal, el niño paraguayo que soñó con el mundo, el hombre que es recordado ahora por el orbe. Sol de Adriana, luna de Dominique. Eterno compañero de Mary… el Tío de las Américas. La lente fue tu decisión, todo lo que cuentan las imágenes capturadas, parte de tu legado. Tu amistad, un eterno recuerdo.

Ahora siendo viento, hasta volvernos a encontrar… mi querido Tío Mario.

Con todo mi cariño para usted Tía Mary, Adri, Domi y todas las primas y primos de las Américas.

Mario Aníbal López Garelli.
Asunción, Paraguay, 1968.

«Enigmas, señales y momentos. La vida transcurre fugitiva y con ella, el alegórico oficio de vivir»