Mar atezado

Entre tu soberbia y mi indecisión, hay un puerto que nos separa. A mí me permite divisar el mar a la lejanía y a ti, reconocer que no todo lo deseado es asequible.

Siempre habrá algo nuevo que escribir, aunque reconozco que lo más fascinante es lo fallido, lo desafiante, lo que dicta el alma en duelo y es así, como además de dedicarte mis más inexplicables razones, refutaré toda muestra narcisista que atente contra la paz que hay en mis decisiones.

Y tienes razón cuando refieres una marea seductora, alarmante y benévola, no voy a negarte que, con tu compañía encontré la ventura que le faltaba a mis momentos de agobio, le diste claridad a este océano de revueltas y embusteras aguas. Sin embargo, no todo buen inicio representa el deseoso y ferviente anhelo de navegar seguro.

He propiciado caminos vacilantes, productos de mis apacibles ganas de llegar al mar. Llámale aprensión, perplejidad o simplemente miedo, pero las aguas del temible son inseguras y mi osadía es insuficiente. Su soberbia impone al débil, pero a mí, a mí solo me genera desdén.

Me quedo con mucho de lo poco navegado, aludes ser de aguas nada bélicas, me pregunto si la incongruencia te deja zarpar en paz.

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