Manolo

Cuéntame Manolo, ¿Cómo es que si las heridas alteran la materia, hay cicatrices imperceptibles a los ojos?

Solía creer incrédulamente que, aquellas impregnadas en el alma jamás se disipaban, pero en un control por el todo, en este juego de la nada, he de confesarme un ser de memoria, y en tanto ésta siga tan lúcida como endeble, enclaustraré los males que le aquejen a esta verdad mía, nuestra, probablemente también tuya, Manolo.

El olvido de aquellos que, por sentir no aquejan, se ha tornado en el recuerdo de esos que por abrazar sus males, conciben una mísera realidad.

Si el dolor no estrecha lo que le resta a la vida, dime entonces cómo hacer para evadir  lo desordenado de esta historia.

Solía creer que ante la indiferencia no cabía tregua, pero buscando el orden, pretendí olvidar lo que para muchos jamás será perdonado.

Ahora que el perdón se ha tornado en la frialdad del presente, dime, Manolo, ¿qué debo hacer cuando se pierde la voluntad, cuando se olvida la identidad y se abandona el cobijo?

Bien hizo en debatirlo Arturo, “¿Qué acaso el castigo impuesto por la ley no es la venganza que aqueja nuestros males?”, pero dime, Manolo, ¿qué hacer si lo legítimo es todo aquello que representa nuestro mal pero también toda nuestra certeza?

Me he doblegado dos veces ante su poderío, en un tormento audaz, grácil y lento también he querido liberarme de mi propia memoria.

Me he arrodillado en agonía, y aun así Manolo, aun así los he perdonado.

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