Hebrea

Esconderme, sí, detrás de la histeria, del asombro y de la culpa.

Alejarme, también, del pasado, de la brisa del desencanto, de tu piel y tu regazo.

He perdido tanto de mí, queriendo encontrar lo que aun defino, lo que concibo quizá como pedazos de mi pasado y anhelos de mi futuro. Todo lo vi en ti, sin pensar que la carencia y el desencanto solo estaban dentro mío, tormentas por venir.

Y ahora que el desenlace atropelló el sulfuro de lo que era la idea de felicidad, y ahora que tu decisión ha permeado hasta en el equilibrio de mis mañanas. He de gritar, a todas mis ruinas, que lo único que deseo, es volverme a construir.

Mírala, tan aferrada a un dolor que no se esfuma, pues está tan vivo el suplicio que al menor intento de huida, va detrás de él como porfiada y diáfana creencia de libertad.

Caíste en los encantos del vacío, Judith, ahora exijo resurjas a las inmensidades del ahora, esto es todo lo que tienes, y él es todo lo que ya no está.

Entre la mentira, el maquillaje y el disfraz, existe un momento en que la desnudez despoja de toda simulación momentánea, de la farsa del amor. No niego que inspiraste deseo y cariño, pero todo tiene su desenlace, y aunque el tuyo no haya sido justo, recuerda que la justicia es solo una ilusión.

Ahora resurge, por favor, pues tu mayor enemigo no fue quien destruyó tu anhelo, sino el que por estragos marca tu piel y tu vida, ese que en sus renaceres nunca ha muerto, ese que a su paso no nos libra del cambio: el tiempo avasallador e intranquilo, esa duda permanente del mañana… el tiempo.

Se te está yendo la vida, querida mía, queriendo resolver los enigmas del deseo, se te está yendo la vida, deseando resolver lo que nunca será resuelto.

Si pudieras ver, cuan hermosa es tu alma, tal vez no serías tan severa en tu imperfección, pues no necesitas comprarte la idea de fortaleza, tú lo eres, siempre lo has sido, aunque no puedas evadir este flagelo.

Amo cada cambio que hay en ti, amo cada duda, cada suplicio y cada desolación, pero te amo más en la calma, en la tranquilidad y el resplandor. No temas, querida mía, todo tendrá su solución.

La lágrima que gritas, la lágrima que callas, cada uno de tus desvelos y desventuras, prometo convertirlos en nada, en nada más que en todo, en todo más que en belleza, así como de bella eres tú.

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