Cambio de horario.

Me preguntaste cómo escribir, entonces me sumergí en la mocedad de mis letras.

Entre el duelo, la alegría y la indiferencia, una gama de constantes motivaciones me dieron la bienvenida.

Recordé que en el reposo, no se aprecia la marea de la inspiración. Basta con el álgido temperamento del sentir, para haber encontrado lo que ahora considero que es, una respuesta decente a tu cuestión.

Al vivir, tiemblo. Tiemblo al pensar que no vivo.

Al pensar, vacilo. Vacilo al creer que no pienso.

Al creer, escribo. Escribo al soñar que ya no creo.

Y al escribir, querido, sueño que soy enteramente yo.

No habría espacio de mis días, que encuentre en la distante llanura del recuerdo, en los que la fiel compañía de las letras me haya desamparado.

Son tan ciertas que, hasta en el momento de mayor apatía, encuentran cómo salvarme del olvido.

Son las letras, quizá, la inmaculada concepción del perdón; la absolución ante todo pecado, que no he estado dispuesta a cometer.

Me preguntaste cómo hacer para escribir, y honestamente no tengo la respuesta.

Me preguntaste cómo escribir, probablemente la pregunta ideal sea… «cómo hacer para no hacerlo».

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