Péndulo

Le conocí al tiempo del optimismo, ese que pensé que ya había perdido. No el optimismo del amor, mucho menos de la aventura, sino aquél en el que solo reposa la idea de conocer y abrazar la diversidad del intelecto, del pensamiento y también de la creencia.

No sé si suceda a menudo, no conozco las dinámicas que no me son propias, pero he detectado que, cuando decido dejar de lado el estigma del «deber ser», suceden cosas que suelo agradecer a la postre.

El viernes dieciocho de noviembre fue una de esas veces, invoqué una extraña situación que no planeé o intenté procurar con antelación.

Encontrándome perdida en las dimensiones de la recreación, la pereza y la indecisión, mi optimismo se ocultó en el gran escenario de la Condesa, cerca de la Roma Norte, cerca del corazón de la gran metrópoli, de esta, nuestra tierra lastimada.

Entonces mi bravía se vio presente, decidí sin precedente, enviar esa misiva. ¿Quién fui yo para negarme el atrevimiento? ¿Quién sería yo al restringirme esa libertad? «Disculpa este mensaje tan inusual pero…» Y así comenzó lo que fue después de mucho tiempo, la más inusitada de todas las decisiones.

Me sorprendió su reacción, pero quizá él estaba más sorprendido por mi mensaje. Al cabo de vaciles que se limitaron a la recomendación gastronómica; la consulta por un recinto cultural, se tornó en la invitación a nuestro primer encuentro.

No sé si agradecer o temer a las casualidades, no estoy segura de cómo etiquetar a las decisiones. Quizá eso que el romanticismo llama destino, sea simplemente una circunstancial despedida, ¿a qué? a la enajenación, a la idea del dolor, al sometimiento. A las ataduras endémicas de antiguas pasiones y lamentos constantes. A esa longeva creencia de poseer sin siquiera tenerse a uno mismo.

La propuesta arribó, el encuentro sería al día siguiente, e imperando la calma, continúe con las previsiones de la visita. En esta ocasión no dejé que la emoción derribara mis nuevas y cada vez más fuertes barreras. Aquellas que en un sentido de fortaleza, construí después de la ruptura. ¿Cuál? aquella que todos los seres sufrimos cada vez que una decisión ajena impacta con ideales propios. Aquella disidencia que se vive por lo menos una vez en la vida, y que por más que venga a mostrarnos un mundo impuesto y avasallador, termina por golpear nuevos fragmentos de nuestras certezas.

«Demoro quince minutos, espero puedas disculparme». Ni asombro ni estupor, una aprende a dominar la naturaleza de la emoción y las sensaciones que desata el pecho. Hay sentimientos como la calma, que más que una afección, es un estandarte de vida.

El ritual de la transformación, que no transforma, solo maquilla; me encontró optimista, dispuesta y segura. Tras arribar al lugar acordado, temblaron en mí, nuevas expectativas. Les dije «¡Quietas!» y me miraron asombradas. ¿De qué? de la nueva yo, o de la vieja idea de mí, de dominar mis sentidos, antes de que ellos me demoren la prudencia.

Me despedí de mi acompañante tras recibir un «He llegado». Agradezco que mi hermana, sabe más que yo de estas andanzas, y confiando en la complicidad de su compañía, le dije «hasta luego» también al dolor que le invadía.

¿Sabes Judith, qué es la inexperiencia? Quizá no lo recuerdes bien, pero alguna vez fuimos endebles. Nos invadían las expectativas, y soñábamos despiertas. Un minuto se volvía la eternidad que dibujamos en la primera infancia. Parecía el final de la existencia, escenarios que al unísono visitaban el imaginario, en segundos le dijiste adiós a aquella chiquilla que fantaseó un jardín de canciones. Tal vez no lo percibes con claridad pero, ahora abrazas lo mundano del encuentro. Y así fue como el «mucho gusto» manifestó un nuevo capítulo en esta, tu existencia.

El castillo se tornó en una sonrisa espontánea y la cruz en unos ojos sinceros, lo que se auguraba duraría no más de unas cuántas carcajadas, se tornó en la idea de una eterna despedida.

Si no hubiera sido por el compromiso y la hermandad, el encuentro se hubiese prolongado en diez momentos. Nueve agradeciendo mis decisiones y uno más implorando no te fueras, con la mirada.

Sobre el desamor y otros males. Sobre el origen y las profesiones. Las letras, la mancha y la política. Nos faltaron días para redimir nuestras pasiones. En una tormenta de considerables emociones, se nos fueron las horas, y con ellas dos cervezas y quince canciones.

Tan no quisimos despedirnos, que hicimos de esa tarde, la bienvenida del diecinueve. Tras unas horas de tu reposo, al calor de otras amistades, de la música y el gran desinhibidor, nos encontramos en el baile y unas cuantas condiciones. Y a la pregunta de todas las primeras veces, negué lo que era inminente que sucedería.

«Una y mil veces, ¿Has dominado alguna vez un impulso genuino?

Una y otra vez, ¿has sentido lo que es una conexión que no se disipa?

Una y mil ves, ¿quieres nunca parar?

Una y otra vez, déjame vivirte una vez más».

Yo no quiero que a lo Sabina algún día «mueras por mí», tampoco quiero que la enfermedad te recuerde que un día me conociste. Que el contagio fue inminente, y la razón absurda. Que no hubo una segunda vez, pues el padecimiento de lo ajeno fue irremediable. Que tuvimos que despedirnos, sin esperar que no habría otro abrazo.

Yo lo que quiero, desde un profundo deseo, es que nunca olvides aquél encuentro. Por eso, como de costumbre, hoy le escribí al infortunio de decirte «hasta…» no sé.

Que la distancia nos pille ciertos, que los kilómetros demarquen más que un suplicio, el privilegio de volvernos a buscar.

Al calor de la madrugada y el padecimiento, le escribí a la emoción de tu lectura, a la recopilación de la memoria, o quizá fue al morbo de la sensación que se cobijará con la vejez. O fue simplemente para capturar nuestro encuentro, ese que quizá no vuelva a suceder, pero espero que de verdad te signifiquen hoy estas líneas, lo que mañana quizá tengas que soltar.

Ya lo recordé, en dos mil diecinueve vi tu foto, te seguí con un click, confirmando el poder de la mirada. Ya lo recordé, pasaron tres años más, para recordarte con otro click, que aún el interés existía. Este último nos llevó al Péndulo, espero que un tercer click… a otro lugar.

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